Isabel Menéndez

Autor: REUTERS
¿Hasta qué punto las operaciones de estética están dirigidas a encontrar en el espejo una imagen que nos haga sentirnos más queridos? ¿Mejoran de verdad la autoestima? ¿Hasta qué punto son ecomendables? ¿Cuál es el límite ante el que habría que detenerse? El interés por vernos más guapas es legítimo y comprensible. El problema ocurre cuando la insatisfacción por nuestro cuerpo se convierte en obsesión.
Laura y Elena se encontraron por casualidad a la salida de un cine, después de 30 años. Habían sido íntimas en la universidad y mantuvieron la amistad hasta que Elena se fue a vivir a otro país. Ahora, tenían 63 años, pero Elena no los representaba. Su cara no tenía arrugas, sus labios parecían inflados y algo en su rostro evocaba la rigidez de una muñeca. En cualquier caso, parecía más joven, como si el tiempo se hubiera detenido para ella al alcanzar cierta edad.
Tras ponerse al tanto de sus vidas, Elena comenzó a contarle a su amiga las operaciones de estética que se había hecho. “Había que aprovechar –decía con orgullo– las oportunidades que nos brindaba la ciencia”. “Lo importante es ponerse en buenas manos. Yo comencé a los 27 años y me he hecho de todo”, continuaba entusiasmada. Laura le daba la razón mientras se sentía invadida por un difuso malestar.
Tras despedirse, comenzó a hacerse preguntas. Siempre había pensado que mejorar el cuerpo (sin hacerle pasar por traumas excesivos) podía resultar beneficioso. Pero lo de su amiga le parecía demasiado. Se había aumentado el pecho, estirado los párpados, inflado los mofletes... En cuanto a sus labios, daban la impresión de que podían estallar en cualquier momento. Elena siempre había tenido una enorme necesidad de gustar. Era seductora y tenía con los chicos un éxito que nunca le parecía suficiente. Su madre era una mujer distante, fría, con problemas psicológicos y por la que nunca se sintió querida. Laura, que conocía este dato, se preguntaba hasta qué punto la tendencia de Elena a operarse tendría relación con una falta de autoestima provocada por el rechazo de su madre. Sus reflexiones no iban desencaminadas.
Los cirujanos plásticos son los especialistas que más pacientes reciben con problemas psicológicos, después de los psiquiatras y los psicoanalistas, según afirma el doctor José Juri, profesor de cirugía plástica de la Universidad de Buenos Aires.
Operaciones de alma
Las intervenciones plásticas pueden intentar realizar en el cuerpo operaciones que no se ha llevado a cabo en el psiquismo. El cuerpo psíquico está constituido por una realidad mental que incluye la historia emocional y afectiva que hemos vivido. En él habitan fantasías, deseos, amores, desamores y una representación de nosotras mismas que aceptamos o rechazamos. Somos, pues, propietarios de más de un cuerpo y de la relación que se produzca entre ellos depende que nos sintamos a gusto en nuestra piel.
El psiquismo es el responsable de que nos veamos bien, incluso de que nos gustemos o de que, por el contrario, nos odiemos y nos sintamos prisioneras de un cuerpo que no reconocemos. Nuestra salud mental depende del grado de aceptación que tengamos de nosotras mismas, especialmente de aquello en lo que fallamos. Vivimos en una sociedad que niega el psiquismo y se aferra a lo material. Sin embargo, las cosas más importantes de la vida se notan y se sienten, pero no se ven. Por eso, frente al desasosiego, se interviene con frecuencia en el cuerpo físico, que parece estar más a mano que el psíquico.
Cómo queremos ser
Cuando el paso de los años comienza a dejar huellas en el cuerpo, nuestro psiquismo nos coloca frente a la aceptación de pérdidas que, debidamente asumidas, pueden ayudarnos a crecer. Lo que perdemos en juventud, lo ganamos en experiencia, en sabiduría, en conocimiento. Las huellas provocadas por el paso del tiempo se inscriben en el alma y quizá entonces aparece más clara la conciencia de mortalidad. ¿Se presenta la cirugía como la salvación mágica para detener el paso del tiempo?
La imagen del espejo está mediatizada por una mirada interna que puede modificarse en función del equilibrio alcanzado entre cómo somos y cómo queremos ser. Cuando las exigencias con nuestro cuerpo son muy altas, más que cuidarlo, lo maltratamos.
Las claves
La tendencia a mejorar el aspecto físico se asienta sobre una buena relación con el cuerpo.
• Es saludable para disfrutar de la vida. Pero sentir una insatisfacción permanente con la imagen que nos devuelve el espejo, así como acudir a la cirugía con demasiada frecuencia, es una forma de pedirle al bisturí algo que se debe modificar en otro ámbito.
• Someterse a una operación de estética es una decisión que sólo debería realizarse desde una madurez psicológica propia de la mayoría de edad. Los adolescentes no deberían pasar por un quirófano.
• Reducir el cuerpo a una especie de recortable constituye un grito de insatisfacción personal.
ADOLESCENTES OPERADAS
• Cada día es mayor el número de adolescentes que acude al cirujano: 40.000 al año. A medida que aumenta la cantidad, disminuye la edad. Ya hay niñas de 12 años que quieren acudir al cirujano plástico. Curiosa tendencia, justo cuando la mujer pretende ser valorada por más cosas que por su apariencia.
• Que los padres hagan caso a sus hijas para modificar su cuerpo es malo para ellas. Olvidan que durante la adolescencia se produce una revolución corporal y que es muy común que alguna parte no guste. La cirugía no sólo no resuelve las inseguridades adolescentes, sino que las agrava porque reduce sus conflictos a las formas corporales, sin tener en cuenta la representación que tienen de sí mismas como chicas y la formación de su identidad.